Cuando la luz se despida no habrá espejos para reflejarse.

 

Nuestras sombras han dejado de hablar,

se han alejado de nosotros para no estorbarnos más.

Percibieron nuestro deseo de andar solos,

olieron el perfume agrio que en sueños transpiramos.

Han abierto sus apagados ojos y con una sonrisa invisible,

caminaron, borrando sus huellas con la tenue luz de sus corazones.

 

Nuestras sombras ya no quieren sufrir,

se sienten traicionadas, se sienten solas,

pues ya son ajenas, pues ya son almas perdidas.

Le reclaman al sol que se ha vuelto frío,

le susurran al viento que se vaya con ellas.

 

Nuestras sombras lloran, pero no como nosotros,

ellas hunden sus rostros en la tierra helada,

clavan sus dolores en las alas de los pajaritos, para que se vayan,

lejos, lejos, inalcanzables.

 

Escuchemos la respiración de nuestra memoria,

está agonizando y ella es feliz de hacerlo.

Parecería que las sombras buscan la muerte,

pero la muerte misma busca su sombra.

Busca en los escombros de una ilusión,

mas, no sabe que las sombras se esconden,

como la muerte se esconde en el hambre o la enfermedad.

 

Nuestras sombras han volado a ras de suelo.

Nuestras sombras bailan en la eternidad.

Nuestras sombras han dejado de hablar,

Ya no sirven para eso, al fin, nunca escuché a la mía.

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