SUICIDAS MATINALES

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17 de agosto de 2013

Iván René Moreno Ramírez.

 

La ventana por la que solía verte en las mañanas despertar y deslizar tus ansias tempranas hacia la calle, se ha empañado. Te preguntarás, si es que llegas a hacerlo, por qué sucedió esto. No tengo a nadie para culpar de lo acontecido, y no buscaré presuntos culpables porque si lo hiciera, sólo estaría yo frente al espejo de la verdad. La honestidad se adueñó de mis manos y es por eso que estas palabras deambulan por aquí. Te pido amablemente tomes tu corazón y lo sientes en tus piernas a leer lo que a continuación prosigue. Si atentos están tus ojos tal vez ellos percibirán las luces del faro de mis deseos.

Los sonidos matinales navegaron en el río que conecta los sueños con el despertar de mi cuerpo. Mis ojos flotaron sobre las sábanas y se posaron en la silla junto aquella ventana opaca de la que ya hablé. Yo tarde en reaccionar ante los rápidos movimientos de la luz que entraba directo a la cama. Recogí torpemente los pedazos sobrantes de mi último sueño y los coloqué en el cenicero, donde suelo hacerlo cotidianamente. Como no me gusta contar el tiempo en minutos, prendí mi cerebro y le di cuerda al reloj de las fantasías añejas. Ya despierto, llevé a mi corazón en mis brazos hasta la ventana. Sonrió contento al percibir que al otro lado del cristal estabas tú. Giró su mirada hacia mí y exclamó efusivamente que sería un gran día. No le presté mucha atención y ese fue mi error.  Cuando preparaba la ropa que adornaría mi soledad, escuché como la ventana se abría. Desesperado corrí hasta ella y al llegar, observé como mi corazón caía al vacío que separaba mi ventana de tu piel. A ese abismo mágico en el que habita la esperanza y la decepción vigila sigilosamente. Era ya imposible salvar aquel corazón de su trágico final. Su alma ya reposaba en la suave seda de su anhelo. Mis ojos comenzaron a arder en llanto y el cristal se vistió de lágrimas, empañando el cuerpo entero de la ventana.

Fue así como una mañana cualquiera, una mañana llena de rutina terminó por negarme apreciar completamente tu cuerpo desnudo y la dulzura con la que recoges tu cabello. Jamás sabré realmente qué impulsó a mi corazón a saltar precisamente ese día, pero ya no importa. Ya que cuando salí de mi casa y lo vi agonizar en el suelo frío de la decepción. Clavé una mirada tierna en él y al cerrar sus ojos, el mundo se apagó. 

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